miércoles, 11 de julio de 2007

Peuyó

Doscientos cinco. Y todos los días por el mismo camino. El mío es rojo y tiene 16 años, uno más que el amor del Dúo Dinámico. Pero en esta especie, mi Peuyó no recibe canciones adolescentes. Trae el espíritu del siglo XX entre sus tripas. Y dos pares de ruedas bien colocadas. Y yo, que fui temeroso de los miles de dioses y del mundo de la carretera, huyendo de los coches siempre, yo, ahora, tomo la recta en el semáforo de la ermita donde reposan los restos (MUY OLVIDADOS DE GOYA, es más conocido el Corte Inglés de Goya, que el lugar donde el polvo de Goya se mezcla con el de sus pinturas...me fui, me fui)

...decía que arranco en el primer semáforo. La primera entra bien, aunque la potencia de estos caballos ya no es lo que era. Pero sin ser jamelgos, que el orgullo francés en algo se nota en este carro. Rojo como nadie. Sucio que lo tengo también, verdad sea dicha: en este barrio hay aves sobre las cabezas de los coches. Y parece que la tienen tomada con los que vivaquean junto al río.

Y comienza el Peuyó a rodar, ruge, simpático el jodido, entre coches grises metalizados, seres grises de Momo, centenares que bajan del rico Pijuelo de Alarcón y Aravaca ara (que en estos solares construiremos...). Ahora ya con menos atascos, no como en junio. Ya se fueron a otros menesteres los autobuses escolares que colapsan las rotondas y demás.

Por si alguien me veía ya ínfulas de piloto experto, conviene que aclare algo: sigo siendo un ignorante ilustre de todo aquello que tiene que ver con el mundo del motor. Lo malo es que yo ahora aporto unos metros cúbicos de CO2 que hace un tiempo no aportaba, aunque sí mi Peuyó (rojo anda de la vergüenza, él) Si por los dos fuera, no lo haríamos.

Ya nos cuidamos bien de que no sea habitual esto, ¿verdad, Peuyó?

Más espasmos

A veces me dan espasmos de escritura. Hoy es una noche así.
Sin saber cómo (bueno sí, Martha duerme), me siento en una silla, en un día raro de más, y me da por mirarme al ombligo con disimulo. Entonces comienzo a escribir cosas que creo chulas, babeando letras.
Y me animo, así, como quien no quiere la casa y la vende y se forra en estos tiempos.

Y sale una entrada de este blog. Y otra, y otra más. Y con la noche del oeste de Madrid en mi oreja más popular, sigo, ajeno por fin a las noticias de los diarios de internet (soy adicto a los titulares de cuatro diarios: El País, El Mundo, Heraldo de Aragón y El Universal de México), prosigo escribiendo esto, pensando que tú lo vas a leer y que algún día me dirás "qué cosas escribes, Javier, que porqué no te dedicas a esto".

O a lo otro. O a lo de más allá, ¿verdad Iker?

Pero esto de contar como escribe uno, haciéndose el despistado y de paso, llenando unas líneas ya está muy muy caduco.
Así que aquí acaba esta entrada que no lleva a ninguna parte.

Lean a Jodorowsky...

...no vaya a ser que ni siquiera lo conozcan y anden por ahí, sin sorprenderse, mirando al reloj, al periódico gratuito, a las piernas de ella, de él, al saldo del extracto bancario, a los titulares de internet, al último modelo de coche, al nuevo viejo Harry Potter, al x hijo de la princesa y, a las ausentes mariposas que ya se fueron sin avisar también.

Todos, todas, pensando en las vacaciones que mugen lastimeras sus canciones de sol y playa, de medusas y pastillas exóticas.

Lean a Jodorowsky, anden, lean, aunque sólo sea un pequeño instante cuántico. Un cuantico pues de lectura. Un ratico: sí, en el baño. Buena idea. O en el metro...

Jodorowksy. JO-DO-ROW-SKY.
JODO PUES.

Deslumbramientos inexistentes...

...fogonazos ya invisibles.
Aspiraciones de un ego viajero que otra vez se pensó arriba.

Julio 2007
¿Por qué recordamos siempre los veranos?
No es por el calor, ni por las canciones.
Serán los días largos, los días que nunca acababan.

Hasta que trabajas en una oficina y un virus se te engancha en la garganta con pinzas de hielo. Y ahí se queda, aporreando por las noches. Extrayendo preguntas mientras te extraes todas las sustancias que yo mismo me he sorprendido de producir. Me hubiera hecho exportador de mocos de mil colores estos días. Los hubiera metido en pequeñas cajitas de metacrilato límpido, transparente y bien fotografiados los habría presentado a algún concurso postmoderno de arte ultracontemporáneo....

...la obra sería algo así como "Respirando el cambio climático".
Ahora tendría mi nombre impreso en un catálogo verde, rojo y blanco, a juego con la obra y los patrocinadores (Cajamadrid y la Comunidad de Madrid).

Y tendría una subvención. Pero no compraría medicamentos. Compraría miles de kilos de sal para hacer gárgaras eternas.