Doscientos cinco. Y todos los días por el mismo camino. El mío es rojo y tiene 16 años, uno más que el amor del Dúo Dinámico. Pero en esta especie, mi Peuyó no recibe canciones adolescentes. Trae el espíritu del siglo XX entre sus tripas. Y dos pares de ruedas bien colocadas. Y yo, que fui temeroso de los miles de dioses y del mundo de la carretera, huyendo de los coches siempre, yo, ahora, tomo la recta en el semáforo de la ermita donde reposan los restos (MUY OLVIDADOS DE GOYA, es más conocido el Corte Inglés de Goya, que el lugar donde el polvo de Goya se mezcla con el de sus pinturas...me fui, me fui)
...decía que arranco en el primer semáforo. La primera entra bien, aunque la potencia de estos caballos ya no es lo que era. Pero sin ser jamelgos, que el orgullo francés en algo se nota en este carro. Rojo como nadie. Sucio que lo tengo también, verdad sea dicha: en este barrio hay aves sobre las cabezas de los coches. Y parece que la tienen tomada con los que vivaquean junto al río.
Y comienza el Peuyó a rodar, ruge, simpático el jodido, entre coches grises metalizados, seres grises de Momo, centenares que bajan del rico Pijuelo de Alarcón y Aravaca ara (que en estos solares construiremos...). Ahora ya con menos atascos, no como en junio. Ya se fueron a otros menesteres los autobuses escolares que colapsan las rotondas y demás.
Por si alguien me veía ya ínfulas de piloto experto, conviene que aclare algo: sigo siendo un ignorante ilustre de todo aquello que tiene que ver con el mundo del motor. Lo malo es que yo ahora aporto unos metros cúbicos de CO2 que hace un tiempo no aportaba, aunque sí mi Peuyó (rojo anda de la vergüenza, él) Si por los dos fuera, no lo haríamos.
Ya nos cuidamos bien de que no sea habitual esto, ¿verdad, Peuyó?
miércoles 11 de julio de 2007
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