Y al volver la esquina estaba agosto esperándonos. Tan cálido como siempre. Y yo aquí, con los alrededores vacíos y el verde prometedor de los árboles sorprendidos. No falta algún que otro coche cumpliendo condena solitaria al sol. Arriba, el cielo plomizo y el vuelo habitual de las palomas agotadas.
Pequeñas nubes de polvo frente a la Casa de Campo se levantaban hoy para darle algo de movimiento a la tarde. Si no, esta monotonía de la luz que duele nos engancha a la siesta. En momentos así me entra una agonía del "algo hay que hacer". Se me pasa el día y nuestro compañero agosto es exigente en actividades que deban ser recordadas y narradas. Es ya tan lejano su recuerdo que no queremos quedar decepcionados dentro de 10 años, cuando echemos la vista atrás en una tarde plomiza, bajo alguna nube de polvo achicharrado, y agosto sea 10 años mayor.
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