miércoles, 1 de agosto de 2007

Cuando los coches mueren...o los matamos

Yo lo maté, porque era mío. Pero yo no quería. Pero quería llegar pronto. O mejor, a la hora.
Y el camino se fue haciendo más largo y él... sufría. Quizá lo quemé, quizá su motor ya estaba enfermo sin que yo, confiado, supiera nada.

Sí, ya no era el de antes y bien que se notaba en esas empinadas rampas de cualquier carretera del mundo que, en esta historia, llevaban a un pequeño enclave del Valle de Yerri.

Hasta que dijo basta. Y lo hizo casi en silencio. Dejó de oírse el motor, quedo todo en suspenso, luces rojas, y un estampido seco del tubo de escape que me hizo temer lo peor.

Todavía pude moverle algo, llegar hasta el punto de destino que sólo distaba 500 metros. 500 metros. Hasta ahí llegó. Llegamos. Luego, fue un acompañar mutuo, empujando los dos. Yo dentro y él, despidiéndose, renqueando hasta la casa. Dos días después, todavía se movía. Quería sin poder.

Yace en un taller olvidado de un pueblo navarro. Todavía vivo pero esperando un desguace inminente. Mi Peuyó, tan breve vida la nuestra.

Tan breve.

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