domingo, 19 de agosto de 2007

Y las nubes de color rojo

Y tú, allá arriba, sólo a dos horas...

En Madrid, un domingo de agosto tiene una dosis doble de la misma sustancia. Una mañana tranquila de domingo es doblemente tranquila en este mes. La tarde es un remanso para protegerse del sol (poco tórrido ahora) y dejar que vaya cayendo antes de dar un paseo por las orillas aún no "colonizadas" de la margen derecha, junto a la Casa de Campo. Me sorprende ver que la vida aparece de nuevo en el río. Que las lluvias fuertes de mayo arrastraron mucha tierra de la cercana Casa de Campo y ahora, en esos sedimentos, aparecen matas cada vez más grandes. Y en el ligero cauce de esta zona, las algas de río o como se las llame... son cada vez más abundantes. Por desgracia, también lo es la suciedad: cojines, latas...demasiados desperdicios en tan poco tiempo. Entonces, con los cielos enrojecidos y un rumor lejano que viene del Paseo de la Vírgen del Puerto, esta ciudad quiere ser amada. Y recordada.

Esta mañana, las calles próximas a la estación de Alonso Martínez estaban desiertas. En la plaza de las Salesas, tan cerca del Tribunal Supremo, se oía el sonido de los tenedores de algún desayuno dominical en algún piso coqueto (por aquí abundan). Rehuyendo de los escasos coches, esta mañana he tomado yo el control de las calles. Y he sido el habitante rey de Conde de Xiquena, Almirante e incluso Barquillo, caminando por el centro, lento, tranquilo. Casi zen, místico, que diría Martha. Como si el extremadamente urgente decreto de la peatonalidad obligada hubiera cobrado vida. Y allí, un servidor, primer usuario de la ciudad habitable, donde las fachadas se hacen de nuevo visibles y el ruido de motores, bocinas y carrocerías se ha esfumado. Algo así soñaba yo esta mañana entre calles de domingo vacías, con tenedores en el aire y notas de música perdidas.

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