Quien quiera darse una vuelta por el paseo de la Florida (oeste de Madrid, junto a la Casa de Campo) no va a tener problemas en encontrar unos cuantos restaurantes. Me contaron hace unos meses que su historia viene de largo, de cuando levantaron la estación del Norte, ahora de Príncipe Pío. Muchos de los que vinieron a ponerla en pie llegaron de Galicia, de Asturias, del País Vasco. Algunos se quedaron y montaron su restaurante. Así se explica pues.
Pero lo que no hay por aquí son cafés que merezcan la pena. Cafés de toda la vida o que sin ser de toda la vida, sí tengan ese sello personal del café en el que merece la pena estar sentado, tomando un cafecillo (descafeinado yo: perdón los puristas pero es que me pone taquicárdico...) y leyendo ensimismado un libro o mirando a través del cristal a los que van por la calle con su ritmo tan madrileño (corre corre que no llegas como siempre...)
Bueno, sí que hay un lugar en el que todavía se encuentra ese ligero encanto del que hablaba. Es el horno de San Antonio, una panadería - repostería que acertó de pleno al agregar una barra con café al servicio del pan. Y con dos mesitas altas y poco más, es el lugar más agradable para tomar un café y ver pasar unos minutos de la vida en el oeste de Madrid.
A mí especialmente (a Martha también, pero menos) nos gusta pasar un ratillo en el horno. Yo, además, suelo pedir la especialidad de la casa: el pastel de San Antonio. Y ya con eso, me quedo contento. Leer no leo, pero al menos, dejo pasar unos minutos mirando por el cristal o asomándome a algún periódico gratuito, por ver lo que nos quieren contar.
Que se nos van los días...
miércoles, 12 de septiembre de 2007
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