Entre el millón de tesoros escondidos que alberga Madrid, hay uno vivo que se renueva cada mañana. Otra vez aparece mi querido Manzanares, este río androide que se siente río y quién sabe si le dejan serlo. A mí me lo parece y a los pescadores que toman posiciones cuando la mañana va ganando confianza, también. En su mayoría son gente poco pendiente de Supermodelo 2007 y demás. No les van esas mandangas. Ellos, a lo suyo, se sientan a esperar la visita del pez. Increíble diálogo. A mí, que pescaba con mi tío Elías hace ya tanto en la laguna de Cubel, este momento me parece el de la mayor consciencia que he recuerdo. Hace ya unas semanas que comencé a leer libros sobre el zen y, caramba, mayor consciencia que estar con la mirada puesta en el corcho, sobre la superficie lenta y callada del Manzanares (aquí es así)...que me entran ganas de traer una caña del pueblo y bajarme por las tardes, que también pescan, a ver cómo cambia el color del agua mientras el sol se pone tras los árboles de la Casa de Campo.
Meditación pez.
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