La casa en la que vivo no ha visto naves arder en Orión, pero sí españoles pegándose tiros durante días, meses y años. La casa en la que vivo tiembla. Es de la decada de los 20 y durante la Guerra Civil tuvo el no escogido privilegio de estar en primera línea del frente, junto al Manzanares, frente a la Casa de Campo. Y claro, no le sentó nada bien. Como a tantas y tantos.
Esto me lo contó una vecina que ha pasado toda su vida aquí. Primero fue hija y ahora es madre y quizá pronto abuela. Y siempre, en el mismo piso. La señora Mari se llama ella. ¡Vaya como habla! Su marido, que no para de fumar, tiene una tos de las que asustan. Cuando empieza a toser retumban por el patio de luces sus bocanadas bruscas, infinitas, interminables. Sus ojos, cansados, enseñan unas bolsas de piel áspera, como de lagarto viejo que no son buena señal, pienso yo. Por las noches, mientras ve la tele a oscuras en el salón, oigo como llama al gato. El gato, como buen gato, no le hace ni caso. Pero no por esto no deja de llamarlo.
Cada vez que pasa un autobús de los que van a Segovia, el piso de la casa tiembla. Incluso yo, alguna vez que por alguna razón no revelable aquí, me he puesto a saltar, de inmediato me he detenido pues notaba perfectamente la oscilación. Es leve, claro. Aquí iba a estar si no.Pero muy notable.
¿Estará viva la casa después de todo?
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