Las zonas invisibles de la luz del otoño han cambiado ya en mi habitación. La luz es más humilde, menos intensa, ya no quema. El apartamento por las tardes no despide ese calor agradable que disfrutaba en los últimos días de septiembre y el frío se va colando sin pedir permiso. El cuerpo, por las mañanas, huye. Vive la añoranza de otras luces matutinas.
Y mi cuerpo se resiente. El otoño es un aviso. Comienza a refugiarse la naturaleza y mi cuerpo también se repliega, huidizo a veces, vago en otras. Tímido, receloso a estos ruidos que no cesan con el frío. Acaso dañan de otra forma. Y esos cielos negros que golpean. Hay que moverlo pues. Mover el cuerpo, moverme pues soy cuerpo, soy lo que mi cuerpo es y juntos sentimos estos días. Si mi cuerpo se siente vivo, yo, cuerpo, me siento vivo. Así que esta tarde, en un intento de vencer esas luces que caen, me lance a correr por la ribera del Manzanares. Otra vez vi a los pescadores del atardecer, a los vagabundos del alcohol que se hacen su nido bajo las arbustos de la ribera (duelen sus miradas ), a los perrillos en su paseo vespertino, a las señoras paseadas. El funicular de la Casa de Campo ya se había detenido y yo, no tardé mucho en regresar a casa con el aliento agitado y más zonas de luz allá adentro. Muy adentro.
viernes, 26 de octubre de 2007
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