martes, 13 de noviembre de 2007

Del fin de semana pasado

Volví de Zaragoza este domingo. Allí estuve tres días, prolongando el puente de la Almudena. Encontrando a la familia, a los amigos, a la ciudad. Las razones que nos mueven a todos.

Casi siempre.

Paseando por el centro de Zaragoza, me encontré al viejo que más conocen en la ciudad. Al más habitual. Regular como las aves que emigran, como el atardecer cotidiano. Porque el cierzo siempre llega por estas fechas, con su entusiasmo habitual. Levantando la sorpresa, agitando los cuerpos.

Paseando en la tarde del viernes, fui saboreando con tranquilidad el agradable placer de estar en Zaragoza sin veranos que contar, Pilares que disfrutar o Navidades incipientes golpeando en la cartera. Fue un fin de semana isleño, sin referentes de obligado cumplimiento que me ocuparan la cabeza y la distrajeran de esa simplicidad que es dejarse azotar por unas ráfagas de viento entre los árboles del Paseo de Sagasta, buscando calles más tranquilas y esquinas más antiguas que las de los Grandes Almacenes.

El domingo, en un altozano del parque Grande y con dos elentianos amigos, María y Carlos, nos permitimos el lujo de recordar una Zaragoza de años atrás, con Valdespartera erizada de grúas y un lejano Moncayo, cada vez más oculto a la vista. Sin anuncios, sin letras, sin músicas.

Caía la tarde y el Miguel Servet era lo más imponente que veían nuestros ojos.

1 comentario:

juan andres milleiro dijo...

"...cuando el cierzo no parece perdonar, sirena vuelve al mar..." ;)