Conforme la tarde va desapareciendo, ahora que el sol ya se ha puesto, más viva y más terrorífica aparece la nube que va cubriendo Madrid. Tal vez se quiera quedar aquí, unos días, unos meses. O tal vez ya no se vaya y me tenga que ir acostumbrando a los atardeceres rojos, que siguen siendo inmensamente hermosos en este regalo del azar que es este momento, aquí en la el oeste, rozando con los dedos el hilo de agua que baja esta tarde.
Noviembre.
Las aves siguen pasando hacia el norte, siguiendo el curso del Manzanares y recortándose sobre los marrones y amarillos que ya son mayoría al otro lado del río. Un humo extraño y desconocido se levanta no muy lejos de la entrada a la Casa de Campo. En estos días son miles las hojas marrones que pueblan las aceras de la ribera. Tal vez una colilla...tal vez una fogata para calentarse en el frío.
La luna está en cuarto creciente y dos líneas blancas, leves, van trazandose y desapareciendo allá por donde el sol se ha puesto. Quién sabe si desde esos aviones se verá esta nube, si la verán las aves que no deciden quedarse por aquí y siguen su vuelo hacia otros lugares más limpios, más tranquilos que éste. Ave que ensucia su nido, dice un libro de Goytisolo. Aquí, el nido tiene hoy muy mal aspecto.
Han pasado 5 años después del Prestige y los politonos de los móviles son noticia real.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario