Seguramente no será un precedente, pero la imprecación del señor Borbón al señor Chávez ha desatado un arrebato de ingeniosidad que merece la pena observar.
Lo traigo al terreno de las ideas, de la creatividad, de los mecanismos que estimulan el ingenio y que con otros ingredientes podrían dar mucho más de sí.
Porque lo cierto es que han ido a converger varios elementos que pueden explicar todo el torrente de experimentos (la mayor parte para incrementar el lucro de unos avispados) que todavía durarán días y algunas semanas (hasta fin de año, más o menos).
ELOGIO DEL ASOMBRO (AH!)
El asombro es la chispa que hace prender todo lo demás. Asombro ante una conducta inesperada (rompió pues la monotonía, lo aburrido, lo de siempre) y en un grado máximo por ser quién era el emisor (el Rey Juan Carlos, personalidad a la que no conocíamos en esta faceta), por lo que dijo, dónde y por cómo lo dijo (fuera de sí, en un acto público, tuteando...) y por ser quién era el destinatario del mensaje (el presidente Hugo Chávez, orador de verbo incansable y discurso predecible que no había recibido en público una reprimenda tal en muuuucho tiempo). Todo esto, agitado, en el escenario conocido, cámaras de televisión y micrófonos de radio así como el espectacular difusor de vídeos que es internet, todo esto fue el cóctel mágico para estimular reacciones de todo tipo con un denominador común, y este es el segundo elemento: EL JÁ!, LA RISA que va unida a los politonos (voz inesperada que llama la atención), fotografías trucadas (lo de siempre pero con otros protagonistas que lo hacen extraordinario), webs con la frase, camisetas con la frase... y mucho más que los semiólogos estarán analizando ahora.
Por mi parte sólo quería dejar constancia de la importancia del asombro, de la búsqueda consciente o inconsciente del asombro como mecanismo para la creación cotidiana y para romper los estereotipos y parámetros excesivamente previsibles que hacen de nuestra labor diaria un ejercicio más parecido al "día de la marmota" que a una salida de tono mayestática...
Y del gran potencial que tiene cuando va unido con algo que nos despierta la hilaridad, la sonrisa, la carcajada. Algo tan extraordinario que todavía buscamos a alguien que nos explique por qué nos reímos...(rindiendo homenaje al padre de la idea, Arthur Koestler: Ajá! del descubridor, Ja! de la risa y el Ah! del asombro artístico.
Asombro + Humor + Voluntad de acción = Impacto seguro
lunes, 19 de noviembre de 2007
Y de repente, el frío...
Ya llegó el gris.
Ya comenzó su ocupación sistemática y nocturna de aquellos cielos azules que nos cobijaban en días pasados.
Ya llegó el frío.
Ya mudó conversaciones y ropas y estados de ánimo y salud y quién sabe qué más que ahora desconocemos (menos hojas, menos aves, menos señales de alegría en las calles que tiritan).
El invierno llama a la puerta y rápidamente vamos a por las luces navideñas para intentar paliar este mazazo oscuro que resuena monótono en las grandes ciudades.
Esta tarde, el paseo de la Florida era un encogerse gris y huidizo.
Ya comenzó su ocupación sistemática y nocturna de aquellos cielos azules que nos cobijaban en días pasados.
Ya llegó el frío.
Ya mudó conversaciones y ropas y estados de ánimo y salud y quién sabe qué más que ahora desconocemos (menos hojas, menos aves, menos señales de alegría en las calles que tiritan).
El invierno llama a la puerta y rápidamente vamos a por las luces navideñas para intentar paliar este mazazo oscuro que resuena monótono en las grandes ciudades.
Esta tarde, el paseo de la Florida era un encogerse gris y huidizo.
martes, 13 de noviembre de 2007
Del fin de semana pasado
Volví de Zaragoza este domingo. Allí estuve tres días, prolongando el puente de la Almudena. Encontrando a la familia, a los amigos, a la ciudad. Las razones que nos mueven a todos.
Casi siempre.
Paseando por el centro de Zaragoza, me encontré al viejo que más conocen en la ciudad. Al más habitual. Regular como las aves que emigran, como el atardecer cotidiano. Porque el cierzo siempre llega por estas fechas, con su entusiasmo habitual. Levantando la sorpresa, agitando los cuerpos.
Paseando en la tarde del viernes, fui saboreando con tranquilidad el agradable placer de estar en Zaragoza sin veranos que contar, Pilares que disfrutar o Navidades incipientes golpeando en la cartera. Fue un fin de semana isleño, sin referentes de obligado cumplimiento que me ocuparan la cabeza y la distrajeran de esa simplicidad que es dejarse azotar por unas ráfagas de viento entre los árboles del Paseo de Sagasta, buscando calles más tranquilas y esquinas más antiguas que las de los Grandes Almacenes.
El domingo, en un altozano del parque Grande y con dos elentianos amigos, María y Carlos, nos permitimos el lujo de recordar una Zaragoza de años atrás, con Valdespartera erizada de grúas y un lejano Moncayo, cada vez más oculto a la vista. Sin anuncios, sin letras, sin músicas.
Caía la tarde y el Miguel Servet era lo más imponente que veían nuestros ojos.
Casi siempre.
Paseando por el centro de Zaragoza, me encontré al viejo que más conocen en la ciudad. Al más habitual. Regular como las aves que emigran, como el atardecer cotidiano. Porque el cierzo siempre llega por estas fechas, con su entusiasmo habitual. Levantando la sorpresa, agitando los cuerpos.
Paseando en la tarde del viernes, fui saboreando con tranquilidad el agradable placer de estar en Zaragoza sin veranos que contar, Pilares que disfrutar o Navidades incipientes golpeando en la cartera. Fue un fin de semana isleño, sin referentes de obligado cumplimiento que me ocuparan la cabeza y la distrajeran de esa simplicidad que es dejarse azotar por unas ráfagas de viento entre los árboles del Paseo de Sagasta, buscando calles más tranquilas y esquinas más antiguas que las de los Grandes Almacenes.
El domingo, en un altozano del parque Grande y con dos elentianos amigos, María y Carlos, nos permitimos el lujo de recordar una Zaragoza de años atrás, con Valdespartera erizada de grúas y un lejano Moncayo, cada vez más oculto a la vista. Sin anuncios, sin letras, sin músicas.
Caía la tarde y el Miguel Servet era lo más imponente que veían nuestros ojos.
La nube que nos envuelve
Conforme la tarde va desapareciendo, ahora que el sol ya se ha puesto, más viva y más terrorífica aparece la nube que va cubriendo Madrid. Tal vez se quiera quedar aquí, unos días, unos meses. O tal vez ya no se vaya y me tenga que ir acostumbrando a los atardeceres rojos, que siguen siendo inmensamente hermosos en este regalo del azar que es este momento, aquí en la el oeste, rozando con los dedos el hilo de agua que baja esta tarde.
Noviembre.
Las aves siguen pasando hacia el norte, siguiendo el curso del Manzanares y recortándose sobre los marrones y amarillos que ya son mayoría al otro lado del río. Un humo extraño y desconocido se levanta no muy lejos de la entrada a la Casa de Campo. En estos días son miles las hojas marrones que pueblan las aceras de la ribera. Tal vez una colilla...tal vez una fogata para calentarse en el frío.
La luna está en cuarto creciente y dos líneas blancas, leves, van trazandose y desapareciendo allá por donde el sol se ha puesto. Quién sabe si desde esos aviones se verá esta nube, si la verán las aves que no deciden quedarse por aquí y siguen su vuelo hacia otros lugares más limpios, más tranquilos que éste. Ave que ensucia su nido, dice un libro de Goytisolo. Aquí, el nido tiene hoy muy mal aspecto.
Han pasado 5 años después del Prestige y los politonos de los móviles son noticia real.
Noviembre.
Las aves siguen pasando hacia el norte, siguiendo el curso del Manzanares y recortándose sobre los marrones y amarillos que ya son mayoría al otro lado del río. Un humo extraño y desconocido se levanta no muy lejos de la entrada a la Casa de Campo. En estos días son miles las hojas marrones que pueblan las aceras de la ribera. Tal vez una colilla...tal vez una fogata para calentarse en el frío.
La luna está en cuarto creciente y dos líneas blancas, leves, van trazandose y desapareciendo allá por donde el sol se ha puesto. Quién sabe si desde esos aviones se verá esta nube, si la verán las aves que no deciden quedarse por aquí y siguen su vuelo hacia otros lugares más limpios, más tranquilos que éste. Ave que ensucia su nido, dice un libro de Goytisolo. Aquí, el nido tiene hoy muy mal aspecto.
Han pasado 5 años después del Prestige y los politonos de los móviles son noticia real.
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